
Señor Párroco, autoridades, hermanos cofrades, vecinos de Arenas, familia, amigos.
Muy buenas tardes a todos.
Hay momentos en la vida en los que el corazón late de una forma distinta. Momentos en los que uno siente que no habla solo con la voz, sino con la memoria, con las raíces, con el alma entera.
Cuando me comunicaron que sería yo quien pregonara la Semana Santa de mi pueblo, sentí exactamente eso: un latido distinto.
No fue solo alegría.
No fue solo emoción.
Fue vértigo.
Fue gratitud.
Fue sentir el peso hermoso de la responsabilidad.
Porque pregonar la Semana Santa de Arenas no es un encargo.
Es una entrega.
No es subir a un atril.
Es subir a los recuerdos.
Es dejar que hablen los que nos enseñaron.
Es abrir el pecho y permitir que el pueblo vea lo que guardamos dentro.
Hoy no estoy aquí como alguien que viene a contar lo que ocurre en estos días.
Estoy aquí como hija de este pueblo.
Como mujer que ha crecido entre incienso y cera.
Como niña que aprendió a persignarse mirando a su madre.
Como madre que ahora enseña a sus hijos a amar lo mismo que ella ama.
Y antes de comenzar este camino por nuestra Semana Grande, quiero detenerme.
GRACIAS,
Gracias a nuestra cofradía.
Gracias a esas manos que nunca buscan aplauso.
Gracias a los hombros que sostienen más que madera.
Gracias a los que preparan en silencio lo que otros contemplamos emocionados.
Gracias por confiar en mí para algo tan grande.
Y permitidme que mire a los míos.
A mi madre.
Porque la fe que hoy siento empezó en su voz.
En su ejemplo.
En su manera de vivir sin hacer ruido.
A mi hermana.
Porque cuando dudé, me sostuvo.
Porque creyó en mí más de lo que yo misma lo hacía.
A mi marido.
Compañero firme.
Refugio.
Apoyo silencioso en cada decisión.
A mis hijos.
Porque son mi motor.
Porque cuando pienso en el amor sin medida, pienso en ellos.
A ti Tata, porque tu cariño y generosidad han sabido acompañarme en este camino de palabras.
Y a quienes ya no están físicamente.
A los que ya no ocupan una silla, pero llenan el alma.
Porque la Semana Santa también es memoria.
Y hay presencias que no necesitan cuerpo para sentirse.
Gracias a todos, y cada uno de vosotros por acompañarme hoy.
Hoy no he venido a hablar solo de tronos y de pasos.
Hoy he venido a hablar de mi Arenas.
He venido a hablar de un pueblo que vive y siente la Semana Santa desde lo más hondo, de unas costumbres heredadas de generación en generación, de unas calles estrechas que cada año se convierten en templo y escenario de fe.
He venido a hablar del murmullo contenido de mi pueblo que se apaga lentamente cuando asoma, majestuoso y sereno, nuestro Padre Jesús Nazareno; de ese silencio respetuoso que no es vacío, sino oración compartida, mirada baja y corazón en vilo.
Y también he venido a hablar de ella, su Madre, la Virgen de los Dolores. Porque cuando pasa la Virgen, Arenas no camina: Arenas acompaña, reza y siente.
Así es nuestra Semana Santa. Así se vive en nuestro pueblo. No solo se contempla, se lleva dentro; no solo se recuerda, se espera con ansia cada año.
Así que escrito está y así os lo voy a narrar.
«Tomaron ramas de palma y salieron a recibirlo, y gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el rey de Israel!»».
El Domingo de ramos, siempre ha tenido un brillo distinto, un olor a campo y a una tradición sencilla.
Desde niña, para mí este día ha tenido un significado especial, recuerdo como mi abuela Ede, desde bien temprano, empezaba con los preparativos. Recuerdo ese olor a ropa recién planchada, todo era alegría, nos despertaba y nos decía:
“Hoy empieza la Semana Santa niña, vístete que nos vamos a bendecir las ramas”
El pueblo se llena de emoción, los niños ríen, los mayores charlan en la plaza de la iglesia, las campanas suenan y anuncian que algo grande está por venir.
Las calles huelen a olivo y a Esperanza.
Y, al igual que Jesús hizo su entrada triunfal en Jerusalén, descendiendo desde el Monte de los Olivos tras salir de Betania y pasar por Betfagé, nosotros lo recibimos aclamándolo como Mesías, extendiendo ramas de olivo en el camino para reconocerlo como Hijo de Dios, nuestro hermano, nuestro Salvador.
Recuerdo guardar esa rama con cariño hasta el siguiente año para tener la casa protegida por Dios.
El Domingo de Ramos abre las puertas de la Semana Santa con un sentimiento profundo de alegría y esperanza.
El pueblo aclama a Jesús, lo recibe con ramos y cantos, reconociéndolo como el Hijo de Dios que llega con humildad y amor. Es un sentimiento sencillo, nacido del corazón, al ver cómo Jesús es acogido y celebrado como Rey, no con poder, sino con entrega y misericordia.
Al mismo tiempo, este día siembra en los corazones cristianos una esperanza serena. Sabemos que el camino que comienza conduce a la Pasión, al dolor y a la cruz, pero también a la victoria de la Resurrección.
El Domingo de Ramos nos invita a caminar junto a Cristo con fe, confiando en que su amor transforma el sufrimiento en salvación y renueva la esperanza de todo el pueblo creyente.
Así iniciamos la Semana Santa, con un sentir moderado pero lleno de momentos compartidos en familia.
«Tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: ‘Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía’».
Es JUEVES SANTO, el pueblo se viste de silencio y de fe. Desde temprano, los preparativos anuncian que es un día diferente, un día de recogimiento y de emoción contenida.
Recuerdo que mi primera parada del Jueves Santo era Daimalos. Allí estaba mi abuela María.
Cuando pienso en mi infancia, no me vienen primero las imágenes, sino los olores. El aroma tibio del aceite recién usado, la masa dorándose lentamente flotando en el aire de la cocina. Eran los buñuelos de mi abuela, hechos con la paciencia de quien no tiene prisa porque sabe que lo importante no es solo el resultado, sino el gesto.
Su casa era un lugar de refugio. Allí, entre paredes sencillas aprendí que la fe también se transmite sin palabras. Cada buñuelo era casi un ritual como si en ese pequeño acto hubiera una forma de oración.
Ese sabor aún sigue vivo en mí. No era solo dulce; tenía el gusto de la infancia protegida, del amor sin condiciones. Al comerlos, sentía una calma profunda, la misma que ella parecía llevar siempre en el rostro. Y era entonces cuando aparecía el Cristo de la Salud, presente en la casa no solo como imagen, sino como certeza.
Así, entre olores y sabores, fue creciendo mi fe. No nació de grandes discursos, sino de tardes sencillas, de manos arrugadas que trabajaban la masa y el alma al mismo tiempo. El Cristo de la Salud estaba en la cocina, en la mesa, en la forma en que mi abuela nos miraba y nos cuidaba.
Hoy, cuando la vida aprieta y el ruido del mundo se vuelve demasiado fuerte, basta con recordar el olor de aquellos buñuelos para volver a sentirme cerca de ella, y de esa fe que nos sembró sin darnos cuenta.
Juntos, acompañábamos al cristo de la Salud por las pequeñas calles de Daimalos.
Cuando acababa, corriendo me venía para Arenas, a arreglarme, porque la banda me esperaba; y sí, durante unos años yo también formé parte de nuestra agrupación musical. Primero recuerdo que llevaba la bandera, luego estuve con el tambor, y terminé mi recorrido en ella con una corneta.
Recorríamos las calles de Arenas acompañando a nuestros titulares. Las calles sinuosas de Cantarranas se retuercen como un rezo antiguo, estrechas, empedradas, guardando el eco de pasos que no se ven pero se sienten.
Al caer la tarde, el aire se espesaba: incienso y cera derretida se mezclan y avanzan despacio, como si supieran a dónde van. Ese olor nos recorría la espalda y dejaba un escalofrío lento, no de frío, sino de conciencia.
Es el presentimiento del destino de Jesús, la certeza de un dolor anunciado, la cruz esperando al final de la calle.
Las llamas tiemblan en los cirios como tiembla el pecho al pensar en su Madre.
En su silencio cabe todo el sufrimiento del mundo, una pena honda que no grita, pero pesa más que la piedra y que el tiempo.
Cantarranas se vuelve entonces un camino sagrado.
Cada curva es una herida, cada sombra, una oración contenida. Y mientras avanzamos, con el corazón encogido y la piel erizada, entendemos que no solo caminamos las calles, sino el dolor, la fe y el amor inmenso que nace del sacrificio.
Cada zancada requiere de fuerza, equilibrio y amor.
El esfuerzo se entrega con emoción, los vecinos asomados desde sus balcones o de pie en las pequeñas esquinas, sienten la solemnidad en cada mirada, y en cada nota de la banda que acompaña la procesión.
Recordando el Santo Evangelio según San Juan:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».
Jesús no se guardó nada. Ni la palabra, ni el gesto, ni la vida.
Su entrega al prójimo fue total, sin preguntas, sin condiciones, sin medir méritos ni culpas.
Amó al cansado, al enfermo, al olvidado, al que dudaba y al que traicionaba.
Se inclinó ante el dolor ajeno como quien reconoce en el otro un reflejo de sí mismo.
No ofreció un amor cómodo, sino uno que duele, que se parte, que se deja clavar por no dejar de amar.
En cada herida había un acto de entrega, en cada silencio, una fidelidad sin límites.
Jesús se dio sin reservas, porque entendió que el prójimo no es quien lo merece, sino quien lo necesita. Y, en esa verdad sencilla y radical, dejó sembrado un camino que aún hoy nos sigue llamando.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
SILENCIO…. Que el mundo calle y que el alma se arrodille.
Hoy no repican las campanas,
Hoy no hay ni gloria ni victoria,
Hoy la tierra tiembla
Porque el amor ha sido clavado en un madero.
Es VIERNES SANTO, día de sombra y cruz, de cielo oscuro y de corazón abierto. Cristo camina descalzo hacia el calvario, cargando no solo la cruz de madera, sino el peso de nuestros pecados, de nuestras culpas de nuestros silencios y olvidos.
Hoy el cielo parece guardar silencio. Es el momento en que la humanidad contempla, con el corazón estremecido, el sacrificio de Jesucristo en la cruz.
No hay mayor acto de fe ni prueba más grande de amor que entregarse voluntariamente por aquellos a quienes se ama.
En la cruz no solo hubo dolor físico; hubo abandono, traición, burlas e incomprensión. Y aun así, en medio de la agonía, brotó el perdón. Cada herida habló de misericordia, cada gota de sangre fue una declaración de amor infinito. No fue una derrota, fue la ofrenda más pura: Dios mismo abrazando el sufrimiento humano para transformarlo desde dentro.
El Viernes Santo nos enfrenta al misterio de un amor que no se impone, que no exige, que simplemente se dona. Un amor que carga con el pecado del mundo y responde con compasión. Allí, en la oscuridad del Calvario, cuando todo parecía perdido, nació la esperanza. Porque la cruz no es el final, es el puente; no es solo dolor, es promesa.
Contemplar la cruz es dejar que el corazón se rompa para que pueda volver a amar con más verdad. Es comprender que no hay sacrificio pequeño cuando se hace por amor. Es recordar que fuimos amados hasta el extremo.
Y en ese silencio sagrado, el alma entiende que no hay mayor acto de entrega que dar la vida para salvar, que no hay amor más grande que el que se ofrece sin reservas, hasta el último suspiro.
Así he vivido yo mis Viernes Santos, días de silencios, momentos para reflexionar en nuestro día y ver cómo mi madre se ha entregado por nosotras día a día, con sacrificio y con amor infinito, como yo haré por los míos.
Hoy no se grita, hoy se reza.
Hoy no se corre, hoy se acompaña.
Hoy acompañaremos a Jesús en su caída, en su agonía, en su último aliento. Acompañaremos a una madre que no llora con lágrimas, sino con el alma desgarrada.
Que nadie se quede atrás.
Que Arenas os acompañe como siempre ha hecho, con amor, con respeto, y con orgullo.
Que nuestras calles sean testigo de una fe sencilla, de una fe que no necesita explicarse porque se lleva dentro.
Que nunca se pierda este silencio lleno de sentido.
Que nunca falte una oración al paso de nuestros titulares.
Que nunca olvidemos quiénes somos ni de dónde venimos.
Que nuestro Padre Jesús en el Sepulcro y su Madre, la Virgen de los Dolores en su mayor Soledad, sigan caminando por nuestras calles y por nuestros corazones, hoy y siempre.
Que el dolor de una madre camina por las calles de mi pueblo, que se haga el silencio.
Hoy luce mi Virgen sin encajes ni abalorios, hoy no luce una corona sobre su pelo, hoy todo es pena y desconsuelo por esa madre que sigue a su hijo en el momento de su mayor dolor.
Así es nuestra Semana Santa.
Así se vive en mi pueblo. Así la llevamos dentro.
En Arenas, cuando anochece
Y huele a incienso y a cera,
Las calles estrechas guardan Rezos que no saben callar.
Suena la banda del pueblo,
Viento y metal al pasar, Notas que nacen del alma Y enseñan a caminar.
Hombro con hombro, despacio,
El trono caminando va,
Porque no pesa la madera,
Cuando es tu pueblo quien va detrás.
«Fuimos, pues, sepultados juntamente con él por el bautismo en la muerte, para que, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida»
Y hoy es SÁBADO DE GLORIA, la noche en que la tierra parece contener el aliento.
El mundo calla, las campanas guardan silencio y la sombra de la cruz aún nos recuerda el dolor de la Pasión.
Es un día extraño: ni tristeza total, ni alegría plena… es la espera, la pausa que antecede al milagro. Hoy nos encontramos con el misterio del amor que no muere.
El cuerpo de Cristo descansa en la tumba, pero su espíritu nos llama a mirar más allá del dolor, a creer que la oscuridad no tiene la última palabra.
Hoy aprendemos que la fe se hace fuerte en la espera y que la esperanza se cultiva en el silencio.
Que esa pequeña luz que nace del brasero de nuestra misa cada sábado de Gloria, sea el resplandor que nos hace volver a tener Fe. Que cada pequeña vela que hemos encendido de ese brasero cada año, sea la semilla de amor que Jesús, en su infinita entrega, siembra en nosotros.
Que este Sábado de Gloria nos enseñe a acompañar a Cristo en su soledad, a sentir con Él el peso del mundo y a preparar nuestros corazones para la alegría que vendrá.
Mañana, cuando rompan las campanas y el sol ilumine nuestras calles, entenderemos que toda tristeza se convierte en canto, toda lágrima en sonrisa, y toda noche en amanecer.
Hoy es la noche de la reflexión, del recogimiento, del amor silencioso que se prepara para estallar en júbilo. Es ese momento en la vida en que todo parece terminado.
Cuando los sueños se desvanecen, cuando el miedo nos susurra que no hay mañana. Y, sin embargo, es precisamente ahí, en la oscuridad más profunda, donde comienza a gestarse el milagro.
Hoy mi pueblo calla, hoy no hay banda ni procesiones,
hoy las familias viven este momento desde la intimidad de sus casas, desde el calor de la familia que se quiere, se acompaña, que siempre está ahí.
El paso del Sábado de Gloria al Domingo de Resurrección es el paso de las lágrimas a la alegría, del temblor a la certeza, del duelo a la vida.
Es el instante en que la primera luz rompe la noche y nos dice que la muerte no tuvo la última palabra.
Es el suspiro contenido que se transforma en canto. Es el corazón herido que vuelve a latir con fuerza.
Poco a poco, comprendemos que después de la pena llega la esperanza.
Que la incertidumbre no es el final, sino el umbral de un nuevo comienzo. Que cada noche, por más oscura que sea, está destinada a rendirse ante el amanecer.
El Domingo de Resurrección no es solo una fecha: es una promesa viva. Es la certeza de que el amor vence, de que la vida se abre paso, de que siempre hay un nuevo día preparado por Dios. Y cuando la luz del alba toca la piedra del sepulcro y la encuentra removida, también toca nuestras propias sombras y nos susurra al alma:
No temas. La esperanza ha resucitado.
«Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo».
Amanece y no es un amanecer cualquiera. Ya no llora el cielo, no se viste de luto la tierra, porque la piedra ya no guarda el silencio, y la muerte ha perdido su nombre.
Hoy las mujeres no van al sepulcro a llorar, van a anunciar.
Fueron ellas las primeras en creer cuando aún temblada el mundo, las primeras en mirar la tumba vacía y entender que Dios no sabe quedarse muerto.
María Magdalena, apóstol del asombro, corazón sin miedo, fuiste voz cuando el miedo callaba, fuiste testigo cuando la noche parecía eterna.
¡He visto al Señor! Gritaste, y desde entonces la historia del mundo cambió.
Hoy casualmente son las mujeres las que cargan a cristo resucitado, yo soy una de ellas. Ya no se carga sobre un madero de dolor, si no sobre nuestros hombros de esperanza. Nuestras manos no tiemblan, los pasos no duelen, porque llevamos al que venció la cruz.
Llega el resucitado a la plaza de la iglesia, entre flores abiertas y campanas desatadas. Pasa entre miradas que vuelven a creer.
Ya no hay clavos,
Ya no hay corona de espinas,
Hoy hay luz, hay gloria, hay victoria.
Las mujeres avanzamos con paso firme, como avanzó la fe aquella mañana, proclamando sin palabras que el sepulcro está vacío, y el mundo se lleno de sentido.
Que salga el cristo vivo, que lo lleven en alto.
Hoy no se reza en silencio, hoy se canta.
Hoy no se llora, hoy se anuncia: ¡Cristo a resucitado y camina entre nosotros!
Y antes de terminar…
QUIERO HACER UNA MENCIÓN ESPECIAL A LAS MADRES
A las que enseñan a rezar.
A las que velan sin ser vistas.
A las que sostienen cuando todo tiembla.
A las que cargan cruces invisibles y sonríen.
A la mía.
Por ser raíz.
Por ser ejemplo.
Por ser fe viva.
Que el Cristo Resucitado bendiga nuestras manos cansadas.
Que nos dé fuerza.
Que nos dé paciencia.
Que nos dé luz.
Así es nuestra Semana Santa.
Así se vive en Arenas.
Así la llevamos dentro.
Como herencia.
Como compromiso.
Como identidad.
Que nunca falte el incienso en nuestras calles.
Que nunca falte el silencio cuando pase la Virgen.
Que nunca falte un hombro dispuesto.
Que nunca falte una madre enseñando a creer.
Que nunca falte un niño levantando su rama.
Que nunca falte una campana anunciando que la vida vence.
Porque mientras Arenas rece… mientras Arenas acompañe… mientras Arenas sienta…
La Semana Santa seguirá latiendo.
¡MUCHAS GRACIAS!
