1.-    ENTRADA

Señor Cura Párroco de esta Parroquia de Santa Catalina Mártir de Arenas, Hermano Mayor de la cofradía de N.P. Jesús Nazareno y María Stma. de los Dolores, Señor Alcalde, hermanos cofrades, señoras y señores:

Confieso con satisfacción que me siento muy honrado por haber sido elegido como pregonero de la Semana Santa, en este año que inicia un milenio, tras uno jubilar que culmina 2000 años de Cristianismo. Aquí he nacido, aquí he vivido mi niñez, nunca me sentí alejado de Arenas y, por mis compromisos de Iglesia y personales, estuve especialmente próximo en estos últimos años. Con esta distinción que con sencillez se me ha ofrecido, me siento, insisto, muy honrado y muestro por ello mi agradecimiento.

 

2.-    DOMINGO DE RAMOS.

“El pueblo que fue cautivo
y que tu mano libera
no encuentra mayor palmera
ni abunda en mejor olivo.
Viene con aire festivo
para enramar tu victoria,
y no te ha visto en su historia,
Dios de Israel, más cercano:
ni tu poder más a mano
ni más humilde tu gloria.
¡Gloria, alabanza y honor!
Gritad: -¡Hosanna!, y haceos
como los niños hebreos
al paso del Redentor.
¡Gloria y honor
al que viene en el nombre del señor!”

Domingo de Ramos, domingo de pasión, Jesús entra en Jerusalén donde, como había anunciado a sus discípulos, vivirá en toda su profundidad el misterio de la Pascua: “Mirad, subimos a Jerusalén y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas del Hijo del Hombre: será entregado a los gentiles, y escarnecido, e insultado, y escupido, y después de haberle azotado, le quitarán la vida, y al tercer día resucitará”. Jesús inicia su entrega.

Nosotros, desde la sencillez de una breve pero intensa y litúrgica procesión por los alrededores del templo con ramos de olivo en nuestras manos para aclamar a Jesús que entra en Jerusalén como el Salvador, y desde una Eucaristía celebrada sin el menor perfil de ampulosidad ni de grandezas humanas que no poseemos, iniciamos la celebración de la Semana Mayor, cruzamos el pórtico que nos arranca de la gris monotonía de todo un año y nos introduce en unos acontecimientos estremecedores, en un paisaje nuevo que nos grita: abrid los ojos, mirad a vuestro Salvador quien siendo Dios, no hizo alarde de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres…, y se humilló hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Los ramos de olivo que, bendecidos, llevamos en nuestras manos, son la presencia de nuestros anhelos, de nuestros esfuerzos diarios y de nuestro mundo interior convertidos en aclamación para Cristo-Mesías. Son ramos con olor a nosotros, a nuestros campos. Así aclama el pueblo a Jesús que entra en Jerusalén sencilla como un Dios-Amor; en un pollino que nadie había montado, como un rey, rey cuyo trono será una cruz, y cuya ley, su única ley, será el amor. Por eso podemos gritar:

“Del Señor es la tierra y cuanto la llena”
“¡Portones! Alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el rey de la gloria”.

Y así, con este gesto, la Liturgia hace presente la entrada de Jesús en Jerusalén, el inicio de la celebración de los misterios pascuales, la humillación de Jesús que sabe muy bien que quienes hoy le aclaman con el “¡hosanna al Hijo de David1” vociferarán mañana “¡crucifícale”. ¡Extraordinario gesto del amor divino que recibe la aclamación de quienes en tiempo tan breve cambian de signo el contenido de su grito.

Pero Jesús acepta complacido porque nos ama y espera de nosotros que seamos, al fin, el proyecto realizado de las personas que él sueña desde su anhelo infinito. Y se entrega totalmente, sin reserva, porque viene para hacer la voluntad del Padre, para llevarnos, arrancados de la esclavitud más terrible, a la vida inacabable de la resurrección en una fiesta que no conoce el ocaso.

Domingo de Ramos, cantos en nuestras calles, pimpollos de olivo o de acacias en los ojales de las solapas y luz en nuestros corazones “porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su único Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna”.

Arenas encaló ya sus fachadas, el aroma de los buñuelos se expande por los fogones, la ropa nueva pende de las perchas en los roperos, las imágenes se alzan en sus tronos y la Parroquia se esfuerza avivando la fe en nuestros corazones para que celebremos la Semana Santa como corresponde a nuestra condición de cristianos.

3.-    JUEVES SANTO.

“Yo soy la Vid, nos dijiste,
y vosotros los sarmientos.
Tú eres la Cepa, el Racimo
en el lagar prisionero,
el Vino, el Agua, la Sangre
para la sed del sediento.
Yo soy el Trigo, dijiste,
enterrado en sufrimiento.
Tú eres la Espiga molida,
el Pan candeal y tierno,
Carne de Dios regalada
para el hambre del hambriento.
Desde entonces comunión
es ósmosis tierra y cielo
bebiendo el vino, tu Sangre
y comiendo el Pan, tu cuerpo.

Desde la sierra Tejeda al castillo Bentomiz, desde las lomas de la Gallarda al cerro de Beas cuyas alturas tan dulces como proteicas se agarran al cielo, la atmósfera se inunda de silencio porque las campanas de la torre de nuestra Parroquia nos convocan a celebrar en presente las locuras que un Dios, porque es Amor, llegó a realizar por nosotros: es Jueves Santo. El día huele a pan tierno, recién salido del horno, a Eucaristía huele, a Amor sin límite y gratuito como distintivo que nos identifica, y a sacerdocio. Es decir, a presencia permanente y gratuita de Jesús entre nosotros, en nuestra historia. La palabra definitiva: Amor; el acontecimiento nuclear: Jesús que ha decidido quedarse con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo a través de unos hechos significados por gestos humanos:
Un mandamiento nuevo, uno, nuevo: “que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Que os améis todos, sin excluir a nadie, porque la medida es la de Jesús, “como yo os he amado”, y Jesús amó, incluso, al que inmisericorde descargaba sus golpes sobre el clavo que cosía su mano al madero. “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”. ¡Esto es amor! ¡Esto es amar! Y antes se había agachado a lavar los pies a sus discípulos como un esclavo, siendo el Señor. Cuando nosotros amamos así, Dios está presente en ese amor agape, “porque Dios es amor”. Jesús se ha quedado con nosotros en el amor con que nos amamos los suyos.

También se queda en la Eucaristía que celebramos repetidamente en la historia actualizando su muerte y resurrección, el amor con que Dios nos amó desde antes de la creación del mundo, y con el que nos seguirá amando hasta la eternidad, porque en la Eucaristía se hace presente, desde la fe, toda la historia de la salvación. Y se queda en el sagrario para acogernos y ayudarnos siempre con su elocuente silencio. Y se hace Cordero pascual, alimento que posibilita nuestro avance diario con paso firme por el desierto de la vida construyendo el Reino de Dios en este mundo roto.

En Jerusalén, caída la noche y acabada la Cena de la nueva pascua, Jesús se dirige con sus discípulos al huerto de Getsemaní para orar, solo, porque hasta sus más cercanos se duermen. Ora. Toda la culpa de todas las maldades de la historia caen sobre él y siente pavor, suda sangre: “Padre, si es posible aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y sus cuerpo se abrió al dolor más cruel del modo más inimaginable.

Así, traicionado o abandonado por los suyos, es prendido por la turba que lo busca: “yo soy”, responde y atado como un malhechor es empujado a la cárcel por el torrente Cedrón: la cruz busca ya su hombro divino para quebrarlo.

Hoy, nosotros no podemos guardar silencio ante esta insondable maravilla de amor del que “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al final los amó hasta el extremo”. Hemos sido testigo por los misterios celebrados en la liturgia, de que habiendo llegado a Jesús la hora de partir de este mundo al Padre, busca, al mismo tiempo, la forma de quedarse con nosotros para caminar a nuestro lado todos los días. Y porque no podemos callar lo que hemos vivido, subimos su imagen en un trono, y en otro a la Madre Virgen para procesionarlos por nuestras calles como una catequesis plástica y como un homenaje popular tributado desde lo más hondo de nuestro interior.

Llenamos el templo, la portada de la iglesia y el llano, donde la cruz procesional y la banda de música con sus miembros uniformados abren el camino a la oración emocionada ante las miradas expectantes de quienes desde los poyos de la iglesia, desde los altos de la puerta de Ernesto o desde las ventanas contemplan la figura de cristo que sale por la puerta abierta de par en par entre flores y cirios en un trono que se balancea. Los hombros de sus portadores todos con camisa blanca, corbata negra, pantalón negro y guantes blancos que serán negros el viernes, lo alzan con fe y entrega en esa atmósfera de misterio que a todos nos envuelve.

Le sigue la Virgen de los Dolores con la noche de su esperanza y el color de las flores que nuestra fe ha sembrado junto a su manto negro, como queriendo aliviar su dolor. Ella con su ternura de madre, la más bendita entre todas las madres, acoge en su corazón las oraciones que silenciosamente le dirigimos para no perturbar con ruidos su recogimiento.

Y al compás de los compases de la música sagrada, al ritmo del paso lento de dos largas filas de penitentes cuya fe va regando la calle con gotas de cera y como empujados por el grupo numeroso de hombres que los siguen, avanza la figura humilde mente erguida de Cristo en su pasión y de la Virgen que llora callada por la calle Estación, por la Carica de Dios y por el campo abierto bajo el cielo perplejo de la noche, hasta el Calvario.

Por este espacio abierto de la carretera donde antes se hablaba de Cruz del Calvario, de Cementerio viejo, de Lomilla de los Gallos, de Cruz Chiquita, e Almendral de la Vizca, de Montón de Tierra, de Corte de la Trinchera con sus dos almendrillos en lo alto, de Era de la Fuente o de Fuente grande –espacio frecuentado por cántaros en las caderas y por jóvenes que se “arrimaban” a las mozuelas durante los paseos vespertinos de los días festivos-, en este espacio y por todo el desfile procesional se mueve un hombre sencillo, vestido humildemente, atento, servicial que hoy se llama José Antonio, Ayer se llamaba Paco y antes Boni y Gonzalo…, muy en su tarea, con todos y al mismo tiempo solo: es el Cura, en quien encontramos a Jesús, porque Jesús se queda con nosotros en la persona cercana del sacerdote que nos acoge en la iglesia por el bautismo, nos da el perdón de parte de Dios y de los hombres, preside la celebración de la Eucaristía y no ayuda en los momentos de debilidad. El sacerdote, humano, santo y, a la vez, pecador, nunca a gusto de todos y siempre criticado por alguien, es una presencia de Cristo entre nosotros, especialmente cuando desempeña el ministerio de su sacerdocio, que no quiso Jesús ángeles para este oficio.

4. VIERNES SANTO

“Merecieron mis noches merecieron
una cruz en el frío construida,
y que, firme a su helor mi sed cosida,
soportara el sufrir con que dolieron.
Es la cruz el salario a mi locura.
Es jornal a mi tronco merecido
en un tronco de muerte sin sentido
padecer una muerte en desventura.
¡Ay Señor en amores embargado!,
has cogido mi cruz y en un altar
de mis noches la deuda has liquidado.
Hoy sin cruz va el aceite en mi olivar
y en tu lumbre me vivo calentado,
que por mí tú moriste, en mi lugar.

El Cordero de la nueva pascua es sacrificado ante el dolor de algunos, la indiferencia de muchos, y la ignorancia de multitud, mientras nuestro planeta gira y gira como si nada ocurriera. ¡y mira por dónde, todos nos hemos llenado de la vida que brota de su pecho, que para que nosotros la tuviéramos, se quedó sin ella.

“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores”; “todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino y el Señor cargó sobre él nuestros crímenes”. Muere el inocente para salvar a los culpables y no nos defraudará nunca porque es el Dios leal que nos salva y hace brillar su rostro sobre nosotros, salvándonos con su misericordia. Por eso tenemos que ser fuertes y valientes de corazón los que esperamos en el señor y tener siempre muy claro que Jesús “se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación “eterna”.

Jesús no es asesinado, sino ejecutado en cumplimiento de una condena emanada de un juicio legal que evidencia la injusticia humana y la podredumbre que anida en el corazón de quienes fueron creados al principio -¡extraño contraste!- por amor y a imagen del Creador.

El Hijo de Dios, condenado por blasfemo; el Creador, herido por sus criaturas; la Sabiduría que ordenó el universo, anegada por la ignorancia; la Vida, envuelta por la muerte; la Luz, por las tinieblas; el cielo, metido bajo tierra. Pero es que de esta forma, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, Jesús ha querido salvarnos, pagar nuestras culpas, ganarnos un horizonte de felicidad con el Padre que habíamos perdido, hacer de nosotros una comunidad de santos, de santos que hoy adoran “el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”.

“Se remonta la ignorancia
al lomo de la ladera.
No entiende de paz ni juncos,
de besos ni luna nueva.
Arriba ya la ignorancia,
cañón sin inteligencia.
Ay, como escupa su noche
grises basuras de tuera.
Ay, que grita la basura
con inquietudes de guerra.
¡Ay, que la ignorancia escupe
su muerte por la ladera!”

Día de noches y de terremoto ante el Sol que se oculta, y el velo del templo se rasga por la mitad tras el grito que penetró y transformó la historia y el universo definitivamente.

Y nuestra imagen está sumada a la imagen de los soldados de la legión Scorpio que en el litóstrotos hicieron de la muerte de Jesús un juego de azar; y nuestra imagen está sumada a la de aquel Simón de Cirene que ayudó a Jesús a llevar su cruz hasta la meta; y que nuestra imagen está sumada también a la del mismo Cristo que toma su cruz, que se duele, que cae y vuelve a caer, que ama hasta el infinito, que muere y que resucita, porque por el bautismo hemos sido incorporados a él. El sagrario queda vacío y el altar, desmantelado: Viernes Santo.

Los arreboles del atardecer en el cielo de poniente recogen los últimos rayos del sol para introducirnos por el crepúsculo en la noche oscura y, a la vez, plenilúnica del viernes santo. La luna blanca y fría danza en lo alto, mientras que las velas con sus llamas blandamente vacilantes y asustadizas rompen la oscura opacidad de la noche para abrir paso a un Dios muerto en la cruz o en el sepulcro y a una Madre que tan sola de soledad sonllora angustiada sobre el trono soportado por cada arenusco: “Mirad y ved si hay dolor como mi dolor”.

“Todo está consumado”, retumba en la noche de Arenas, y tu cuerpo muerto, Jesús, como cualquier otro cuerpo muerto, es llevado por las estrechuras y repechos de Cantarranas. Tu cuerpo reposa ya en silencia frío de la noche esperando el calor del amanecer del domingo, pero aunque de soledad estés, Jesús. empapado, no estás solo: te acompañamos, oh cuerpo muerto de Viernes Santo, detrás de los tronos con un silencioso-distraído-respetuoso murmullo, o desde las filas de la procesión llevando la luz de los cirios en nuestro caminar lento, como ofreciendo calor a tu obediencias helada. ¡Que no vas solo, Jesús, que no estás solo!

En este desfile de cielo encerrado en la tierra, por la tierra, singularizado en nuestros pasos que suben a la Fuentezuela y se acercan al templo, cobra sentido la dureza de nuestro trabajo diario, el verdor de los pámpanos de nuestras viñas, el bullicio de los jóvenes, los quejidos de los viejos, nuestro futuro todo que arranca en el vivir de cada día: ¡Esperamos, Jesús, tu resurrección!

5. DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Domingo de resurrección, día del Señor, día de resurrección: ¡Cristo ha resucitado! Éste es el mensaje del ángel a las mujeres que llegan al sepulcro, desconcertadas porque no hallan el cuerpo del Señor: “Non est hic, surrexit”. El sepulcro, vacío; Cristo, vivo: es el comienzo del final que se verá cumplido cuando en la anakefalaiosis escatológica, Cristo presente al Padre el universo completo y salvado como culminación de su acción creadora.

Porque la cruz no podía ser el final para el Inocente, Cristo resucita; porque la Vida no podía quedar dominada por la muerte, Cristo resucita; porque nuestro Dios es un Dios de vivos, Cristo resucita; porque nuestro destino es vivir resucitados con Cristo resucitado, Cristo resucita. Y de este modo, ya no es para nosotros opaca la noche ni impenetrable el límite, porque Cristo, resucitando, venció toda limitación –la última, la muerte- y nos introduce en la utopía. Ya es posible para nosotros, solidarizados con Cristo en un solo cuerpo y transformados en él, vivir una esperanza cierta que nos permite construir en la historia una estela de luz con nuestras vidas.

Realmente la noche de la vigilia de la resurrección es “una noche santa en la que nuestro Señor Jesucristo pasa de la muerte a la vida”, y la Iglesia invita “a todos sus hijos diseminados por el mundo a que se reúnan para velar en oración”. El cirio pascual encendido, que simboliza a Cristo resucitado, es luz que nos ilumina, que se nos da y que, repartiéndose, no se mengua sino que se multiplica. Así, por la victoria de Rey tan poderoso, exultan los coros de los Ángeles y goza la tierra inundada de tanta claridad, porque el fulgor del Rey eterno ha roto la tiniebla que cubría el orbe entero. Esta es la noche en la que Dios crea definitivamente el universo y se inmola el Cordero cuya sangre consagra las puertas de sus fieles. Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo y el hombre, al fin, libre ya de la esclavitud del pecado, es restituido a la gracia y agregado a la comunidad de los santos: ¡Feliz culpa de Adán que nos ha merecido tal Redentor! Esta es la noche de la que estaba escrito: será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo.

Cristo ha pagado por nosotros el Eterno Padre la deuda de Adán, ha cancelado el recibo del antiguo pecado, y así, libres para siempre, estamos también comprometidos en el desarrollo de la acción liberadora de cualquier hombre.

Y en la mañana del domingo de resurrección que huele a aleluyas, a romero y mastranzos, a repique de campanas y a gracia, las muchachas de nuestro pueblo, portadoras del futuro como nadie, procesionarán la imagen del Resucitado con la misma sencillez con que iniciara Jesús sus días entre nosotros o su entrada en Jerusalén.

Halló respuesta la pregunta del poeta cuando escribía.

La clave es despertar,
mas ¿quién me despierta?

Nos despierta Cristo cuya muerte y resurrección celebraremos en Semana Santa, Cristo que se queda entre nosotros y nos salva, Cristo que nos enseña a vivir una vida nueva amando sin límites.

Muchas gracias.
Antonio Santamaría Ruiz.

año 2.000