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Pregon a cargo de : Antonio Pérez Ortega el día 04 de abril de 2009

Quiero comenzar mi intervención dirigiéndome a los Santos Patrones de Arenas, Santa Catalina Mártir y San Sebastián, para que me ayuden en esta tarea que me han encomendado, la de pregonar la Semana Grande de nuestro pueblo, Arenas.

Ilustrísimas autoridades, Sra. Alcaldesa, Sr. Concejales, querido párroco, Sr. Hermano Mayor de la Hermandad, querida familia, amigos/as todos.

Buenas noches.

Nos hemos reunido hoy en este hermoso templo desde el que nos contemplan los Sagrados Titulares para recordar, con el pregón la Semana Santa.

Quiero empezar agradeciendo a todos los presentes, el regalo hermoso del tiempo que vais a dedicar a oírme, regalo que traslado a nuestras sagradas imágenes para su honra y gloria en éste, su templo de Arenas.

Pero antes de profundizar en el análisis de hechos y circunstancias, me vais a permitir una petición:

–         La primera es dar las gracias a Juan Santamaría por esas palabras de presentación que si bien me llenan de sano orgullo y satisfacción, quisiera aproximarme y transmitir tanto en la calidad como en el fondo el mensaje que él nos transmitió con su pregón el pasado año.

–         También agradecer a los Hermanos/as de la Hermandad por la confianza que han depositado en mí al encargarme, esta tarea de recordar el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, en espacial a Dª Mari Ángeles López García, tarea que asumo con mucho cariño y que trataré de cumplir de la mejor manera posible.

–         Agradecer igualmente a nuestro párroco, el padre Abel por la confianza que me otorga al permitirme dirigir la palabra desde éste lugar sagrado.

–         Y por último pero siempre los primeros, quiero dedicarles éste pregón a mis padres, a los cuales debo todo lo que soy.

Desde que recibí aquella llamada de teléfono he estado buscando los mejores argumentos y formas de expresión con los que yo fuera capaz de presentaros mi mensaje, para que, sumado al  de los pregoneros que me han precedido y al de los que me seguirán, ayudemos y participemos todos juntos y cada vez más, en la Semana Santa de nuestro pueblo, no sólo en su aspecto formal, sino también en su más profunda significación social y cristiana.

Como cristiano y creyente tenía muy claro lo que debía hacer, abrir las ventanas de mis sentimientos ante una fecha tan especial, sentimientos que estoy seguro compartís conmigo.

Todo comenzó hace muchos años en Palestina, un Domingo risueño y alegre como suelen ser los días de primavera, así lo recordamos nosotros, recorriendo las calles de Arenas bendiciendo las ramas de olivas, olivas que dan fruto y trabajo a nuestro pueblo.

Jesucristo entra triunfal en la ciudad Santa de Jerusalén montado sobre una pollinita, ¡Él que podía ir a caballo o a hombros de quien quisiera!

Bendito es el que viene en el nombre del señor, el rey de Israel, ¡hosanna en el cielo!  Porque la paz de cristo camina sobre las cuatro patas del pollino que son: verdad, justicia, libertad y amor, cuatro virtudes que cambiarían el mundo si los cristianos nos lo tomásemos en serio.

Por eso Padre escuchamos tu palabra en la Eucaristía y las lecturas de éste domingo, que os ayudarán a reflexionar sobre los distintos aspectos del misterio, y así poder vivirlos con más intensidad.

Se empieza a cumplir lo que estaba escrito en las Sagradas Escrituras.

Es tiempo para la reflexión, todos, mayores, jóvenes, padres, hijos… todos y cada uno de nosotros desde el puesto que ocupamos en ésta vida, tenemos que recapacitar sobre nuestra manera de vivir, y de ver si estamos cumpliendo realmente con nuestras obligaciones, y si hubiésemos cometido algunas faltas, estar dispuestos a corregirlas para que haya una buena convivencia entre nosotros.

El pueblo de Israel ése que te aclamó con vítores y palmas, hoy piden a gritos que te crucifiquen.

Jesús es cautivo por nuestro amor, juzgado injustamente, azotado en la columna y con su cruz ya camina hacia el calvario.

¡Cómo le miraban los curiosos! Los que le acusaban y pedían su muerte, los verdugos…

¡Y cómo le miraban aquellas mujeres que le acompañaban!, ¡cómo le miraba  su madre!, nuestra madre, la virgen de los Dolores.

No hay que entender mucho para comprender el dolor de una madre ante el padecimiento de sus hijos sufrientes.

El jueves Santo, aquí en nuestra iglesia, también nos sentamos alrededor de tu mesa para celebrar la Santa Cena, dónde Tú Jesús desbordas todos los sentimientos que llevas en tu inmenso corazón, haciéndonos partícipes de Tú intimidad, Tú fuerza, Tú generosidad, Tú entrega…

Esta tarde, Jesús, Maestro, nos darás lecciones inolvidables y también tus últimas palabras:

“No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros”

Aunque a veces las palabras no son suficientes, por eso Jesús por medio de gestos y signos nos hiciste comprender tu mensaje.

“Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciñó la toalla, echó agua en el jarro y se puso a los pies de sus discípulos”.

Esos pies de tus amigos, también son los nuestros, los de cada uno de nosotros, pies sucios y llenos de polvo de nuestro caminar diario.

La noche del jueves santo es el momento en el que año tras año nuestros Sagrados Titulares recorren las calles de Arenas.

¡Ya son las diez! , y un toque de campana da su atención, el trono de Nuestro Padre Jesús Nazareno flanquea las puertas del templo con su singular cruz y su sudario morado. Sale majestuoso.

En un inmenso silencio te acogemos, roto por las notas musicales del himno nacional.

¡No moverlo! Despacio
¿No veis que está sangrando
Y es un cuerpo bendito?
Que no te falten las fuerzas
Que no decaiga tu esmero,
Alíviale el picazón
De sus espinas clavadas,
Convirtiéndote en la nube
Que soporta su frente cansada,
Para que descanse su mano,
Esa mano ilusionada,
En la promesa divina
De la resurrección anunciada.

En esta noche de tiniebla y oscuridad, todos quisiéramos ser Cireneos, para ayudarte a cargar con la pesada Cruz, y esas mujeres que te acompañan quisieran ser Verónicas, para aliviar tu dolor e intentar que con sus palabras te dieran ánimo y consuelo.

Tras él, su  madre, la Virgen de los Dolores, camina y sufre en silencio detrás de su hijo, pero tú tampoco estás sola te acompañamos en tu dolor, aliviándote el sufrimiento que ha roto tu corazón.

Bajas calle Farola y aún sabiendo cual es tu suerte prefieres parar y esperar a tu madre, estampa sin igual en el que hijo y madre se reencuentran por unos momentos.

Tú que sigues con esa mirada fija, impasiva y presente te escabulles entre nosotros camino hacia el Calvario al son de un sordo tambor.

Estamos a punto de llegar a las estrechas y recónditas calles de cantarranas, allí dónde los hombres que te llevan a hombros aúnan esfuerzos unos a otros para que la cal de las paredes no rocen el plateado de tu trono, trono del que hoy ya no te pueden ver pasar pero seguro que desde el cielo ven tu resplandor.

El hijo de Dios llega a la plaza de la iglesia deteniéndose un momento y pidiéndote compartir tu cruz porque sé que al final del sacrificio llegará la resurrección.

Silencio, respeto y recogimiento, dónde cada uno de nosotros se enfrenta a sí mismo, roto por el desgarro y el sentir de la saeta que entona Teresa  y que es acogida con verdadera admiración y valentía a la cual se funde con nuevos sonos que nos hace Jennifer.

Ha terminado la noche del jueves, y las imágenes aguardan en  el templo, dónde un grupo de mujeres rezan ante el  Santísimo Monumento.

Amanece el Viernes Santo, como cada año se alza la escalera ante el altar mayor para bajar al Cristo Crucificado, que será llevado a hombros por los jóvenes del pueblo, haciendo parada en cada estación del recorrido para así recordar el Vía Crucis que padeció, mientras mirémosle nosotros en silencio porque hay ocasiones, que es mejor permanecer callados, ya que así podemos decir muchas más cosas y más profundas que con la palabra.

Por la tarde, de nuevo el pueblo de Arenas se vuelve a congregar en tu iglesia, para celebrar el acto litúrgico de este día: los oficios del viernes Santo.

Es una celebración austera, dónde la Cruz, máximo signo cristiano, la preside.

Aquí se lee la pasión de Jesús, la cuál no deja ver que era un hombre como cualquier otro, un hombre con su historia, sus amigos, sus recuerdos un hombre que le gustaba vivir, que era capaz de amar y de sentir pena…

Jesús sufrió la humillación de la desnudez, y sufrió en todo su cuerpo: en sus espaldas, en los pies, en las manos, en la cabeza…

Y aún así, cuando lo descolgaron de la Cruz lo arrojaron como arrojamos un pañuelo usado. ¿Dónde estaban todos los que comieron sus panes y sus peces? ¿Dónde estaban sus discípulos salvo uno?…

Efectivamente, a la hora de la verdad como le ocurre a cualquiera de nosotros en nuestros días, cristo contó como no podía ser de otra manera con su madre,  la Virgen de la Soledad.

Él nos da lo que le queda, su madre.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre”

Antes de que el sol se pierda por entre el horizonte, los hombres de Arenas te llevan en silencia, que con guantes y corbata de negro plasman el luto de hoy, porque llevan el santo Sepulcro sobre sus hombros.

María Santísima de la Soledad va junto a él, su hijo, envuelta en su dolor, vestida de negro y con la corona de espinas entre sus manos, caminará toda la vida junto a él.

El rostro de María cambia, ya no es el mismo de ayer, parece más triste que nunca pero a la vez más bella que nunca, caminamos todos juntos y con paso firme, lento pero seguro llegando ya cerca del cementerio, pero Jesús no se quedará allí, vuelve a su casa, nuestra casa, porque allí nos espera la resurrección, la vida.

Atrás ha quedado la condena, la soledad del huerto de los olivos, el dolor, el sufrimiento, la agonía en la cruz y la oscuridad del sepulcro.

Ahora, ahora repican las campanas en la plaza de la iglesia, anunciando que Jesús vive, ha llegado el momento en que los cristianos celebramos la  resurrección, para festejarlo en la puerta de la iglesia se enciende un brasero que representará la luz de esta noche, debemos mantener siempre viva la llama como prueba de que entre nosotros también brilla la resurrección.

Entre gritos de resucitó y aleluyas sales a recorrer las calles de Arenas, eres pequeño pero hay las mujeres de Arenas te alzan hasta llegar al cielo y demostrar que eres el más grande de los “nacidos”, resucitando cada día en nuestra lucha diaria, en nuestros triunfos, en nuestras equivocaciones… porque dentro de cada uno está la presencia continua de Jesús, el Señor Resucitado.

Quisiera terminar proponiéndoos un reto, que seáis pregoneros/as,  os puedo asegurar que cualquiera de vosotros puede serlo, porque transmitís entrega hacia esta celebración.

Estar aquí en el atril es una simple anécdota. Los verdaderos pregones de la Semana Santa  están y se viven en la calle.

Oídme bien:

Cuando una mujer se viste de mantilla y acompaña al Cristo o a la Virgen eso es un pregón.

Cuando un hombre o una mujer mecen lentamente a su imagen, sin importarle el cansancio, eso es un pregón.

Cuando entre la muchedumbre encontramos una anónima manda eso es un pregón.

Cuando ustedes hermanos y hermanas cofrades dedicáis horas y horas cuidando y mimando hasta el último detalle las Sagradas Imágenes, eso, eso queridos amigos es un pregón y no lo que yo pueda decir aquí y ahora, por eso cuando se trata de Dios el verdadero pregón es el evangelio, en cambio cuando se trata de la Semana Santa el auténtico pregón está en la calle.

Buenas noches y muchas gracias por su atención.

Pregonero: Antonio Pérez Ortega.

04/04/09